lunes, 27 de mayo de 2019

Hacer Senderismo



HACER SENDERISMO

Mi última jornada senderista de la temporada discurrió por la playa de Bolonia Baelo Claudia. Y resultó toda una experiencia. Quería celebrar mi sesenta cumpleaños de manera especial y lo conseguí. ¡Vaya si lo conseguí! Fue un gran día. Una jornada en la que descubrí que hacer senderismo es algo más que ‘caminar por el campo siguiendo un itinerario determinado’ (RAE)
 La ruta comenzó atravesando un hermoso bosque de pinares que discurre paralelo al mar. Todos en fila recorríamos el arenoso sendero contemplando el paisaje. Marchábamos sudorosos, deseando llegar a la playa para iniciar un camino más fresco. Cuando bajamos hasta la orilla el panorama nos deslumbró. Es hermosa la playa de Bolonia, muy, muy  hermosa. El trayecto continuaba por una zona rocosa hasta alcanzar las ruinas de la antigua ciudad romana de Baelo Claudia. Justo ahí comenzaron mis dificultades. Mi relación con el equilibrio no es muy buena (por no decir mala), pero aún así me adentré en la pétrea senda decidida a superar mis miedos. Respiré hondo y comencé a transitar entre las rocas que jalonaban la playa. Poco a poco me fui quedando atrás. Cada vez más inquieta me daba ánimos para continuar, creí que lo conseguiría,  hasta que resbalé.  No pasó nada, me mantuve en pie, pero el miedo se impuso.  ¿Qué quién dijo miedo? Yo, yo lo dije en aquellos momentos. Me quedé aturdida, incapaz de dar un solo paso más.
 Y entonces, como en las mejores pelis del oeste, apareció la caballería en forma de tres fantásticas compañeras: Ana, la monitora principal, y Reyes y Rocío, dos jóvenes senderistas que acababa de conocer. Mis ángeles de la guarda de aquel día. Ana se había percatado de mis dificultades y había localizado una ruta alternativa por los pinares. Reyes y Rocío decidieron acompañarnos e iniciamos una ardua escalada hasta el bosque de pinos. Una vez arriba, caminamos buscando un sendero que nos acercara al grupo principal, pero nos habíamos retrasado demasiado. Ya no era posible. Entonces decidimos buscar un lugar para comer y esperar a que nos localizaran. Después vendrían a recogernos. Todavía anduvimos un buen trecho hasta encontrar dónde almorzar y reponernos de las tragicómicas peripecias entre acantilados, rocas, arena y pinos.  ‘Justito de copas’ se llama el chiringuito que nos acogió. Un lugar precioso gestionado por personas  encantadoras.
No, no pudimos llegar a Baelo Claudia. El recorrido por la antigua ciudad romana era mi ilusión cuando me apunté a la ruta; sin embargo, no creo haber perdido con el cambio de trayecto; al contrario, me siento feliz. La vetusta urbe puede esperar.  Resultaron mucho más gratificantes las horas de compañerismo y risas que viví con Ana, Reyes y Rocío que cualquier visita que hubiera podido realizar. No solo compartimos viandas, también nos repartimos el cansancio entre bromas y anécdotas. Y sí, superé y  superamos las circunstancias adversas. Con complicidad y camaradería. Con empatía y solidaridad. Porque todo eso implica hacer senderismo, además de  ‘caminar por el campo siguiendo un itinerario determinado’ (RAE)
Y solo me resta dar las gracias: Gracias, chicas, gracias por un día genial. Gracias por minimizar mis temores y ensalzar mis logros. Gracias por hacer inolvidable mi jornada  senderista-cumpleañera.
Feliz verano.
Nos vemos en septiembre.
ECG.

sábado, 22 de octubre de 2016

Simbiosis


La trepadora planta circunda la farola,
un asombroso abrazo de perfil peculiar.
El enhiesto farol  y la agreste enredadera
viviente ensambladura, extraña afinidad.
Simbiosis admirable de insólitos simbiontes,
retrato de concordia, de reciprocidad:
la trepadora planta descubre las alturas,
otorgando viveza al templado fanal.
La hiedra y la farola, de natural dispar,
perfilan una imagen de resuelta belleza,
ideal de armonía, espejo de hermandad
La bulliciosa yedra y el sereno fanal,
en entrañable lazo, se elevan hacia el cielo,
pregonando locuaces su firme voluntad.
                                                          ECG