lunes, 20 de diciembre de 2010

HERMOSA, TENAZ, VALIENTE, LUCHADORA

Me gusta verla sonreír, en sus mejillas se dibujan dos simpáticos hoyuelos que le dan a su rostro  un aire infantil. Últimamente siempre está seria, triste, como ausente. Su mirada se pierde en la distancia.
Le hablo todos los días, me siento a su lado y le recuerdo aquellos otros días tan lejanos. Cuando cantaba mientras faenaba en casa: “Ojos verdes”, “La bien pagá”, “María de la O”. Su voz quebrada me estremecía, la escuchaba  embelesada. A veces  me ponía a llorar de emoción  y ella siempre decía: “No seas tonta,  sólo son historias; como los cuentos,  pero con música”.
También disfrutaba cosiendo. Si  las faenas de la casa le dejaban un rato, se sentaba  en el patio y cogía su caja de costura, una antigua lata de galletas. Me parece verla encorvada sobre cualquier prenda, susurrando canciones siempre. Nos hacía la ropa, aprendió  en un taller camisero en el que entró a trabajar con apenas doce años. Siempre recordaba el momento de entregar las prendas, ella era la aprendiza y le tocaba hacer el reparto. ¡Qué bien lo pasaba recorriendo las calles y sintiéndose libre e importante!
Nunca estaba quieta. La casa era muy grande, éramos cinco hermanos y dábamos mucha guerra. Pero le encantaba vernos sentados alrededor de la mesa del comedor. Nos miraba orgullosa, siempre fuimos para ella su mejor obra. Todo su esfuerzo se centraba en nosotros, se olvidaba de sí misma para darnos  lo mejor. Nunca nos faltó de nada, aunque tuviera que pedir dinero prestado. No fuimos conscientes de los apuros que pasó hasta que crecimos. Un día la descubrí llorando, me asusté, estaba siempre tan risueña que tuve miedo. Enseguida me tranquilizó:”No es nada pequeña, cosas de mayores”
Ahora me gusta acariciar su pelo, abundante y  blanco, muy blanco. Ayer era rizado y negro, muy negro. Se lo recogía a ambos lados de la cara con horquillas. A veces en un moño apretado. Envidiaba esa melena azabache que yo no había heredado. ¡Era tan guapa! Cuando íbamos por la calle me daba cuenta de las miradas que le dirigían hombres y mujeres. Se arreglaba mucho para salir, siempre con esos enormes tacones que a mí me resultaban tan incómodos. Elegante, moderna, arrolladora. Toda una mujer, segura y orgullosa de serlo. Nunca se planteó la igualdad, ni la discriminación de género. Si creía que algo era justo, luchaba por ello. Se enfrentó con administraciones y directores de colegios. Con jueces e inspectores. Siempre decía que nosotros, sus hijos, éramos su motor, su fuerza.
“¿Quién eres?”, pregunta al verme. No me reconoce. “Soy yo mamá, tu hija”. “¿Sí? Bueno,  si tú  lo dices”. He aprendido a no insistir, me siento a su lado y comienzo a hablar. Pero ella está lejos, de vez en cuando me mira desconfiada. Creo que piensa que estoy confundida pero me deja que acaricie sus manos. Me deja tocar su pelo y tararearle alguna de sus canciones preferidas. A pesar de todo, a pesar de su olvido,  me sigue consolando. Vuelvo a sentirme segura. Quizás, en algún rincón de su mente, aún guarde el recuerdo de aquella niña que fui. No importa si no sabe quién  soy. Yo sé muy bien  quién es ella, mi madre. Hermosa, tenaz, valiente, luchadora.
                                                                                                                                                      ELOÍNA CALVETE GARCÍA

lunes, 13 de diciembre de 2010

ÉBANO DE RYSZARD KAPUCINSKI



En Ébano, Ryszard Kapucinski se adentra en el continente africano huyendo de los lugares comunes. Vive en los barrios más pobres, enferma de malaria, se ve acosado por el miedo,  sufre el calor y la sed constantes, a veces, se llena de desesperanza. Pero su mirada recoge los instantes más verdaderos de las vidas de unos personajes apenas conocidos en nuestro mundo occidental.
Analiza el porqué de la pobreza de este ignorado continente arrasado por los blancos, por unos imperios coloniales que quisieron imponer unas costumbres ajenas a las distintas etnias que lo componían. Describe los paisajes, los ritos y las creencias que conforman el sentir del pueblo africano, o los sentires, porque cada pueblo es único y distinto. También nos habla de sus animales, de su flora y de su clima. Todo es observado con una mirada lúcida, comprensiva. No juzga, relata.
El calor, el miedo, la sed, el hambre, la soledad, la multitud, todos estos términos cobran un significado diferente en África. Nos hace percibir un mundo distinto al que conocemos a través de imágenes estereotipadas. Nos hace sentir incultos, desconocedores de una tierra que está aquí, al lado. Una tierra que hay que descubrir saliendo de las rutas turísticas y adentrándose en sus rincones. Como hizo él.
Conocer el continente a través de personajes como Salim, conductor de un camión, como Thiam y Yamar, hermanos y sin ocupación fija que invitan al periodista a compartir lo poco que tienen o  Madame Diuf  y su mercado ambulante,  se convierte en una aventura de la mano de Kapucinski. Son figuras reales y lugares remotos donde la supervivencia depende de un pozo de agua o de la sombra de un árbol. Lugares como Lalibela, con once iglesias cristianas del siglo XII comunicadas entre sí por medio de túneles subterráneos. Y Onitsha, la pequeña ciudad nigeriana cuya vida gira en torno a un socavón en la calzada.
Cuanto nos describe este periodista tiene la virtud de abrirnos los ojos a una realidad ignorada. Apenas podemos vislumbrar todo lo que llegó a descubrir en esas tierras. Al leer la crónica, nombres tan familiares como Amín Dada o Ruanda, cobran otro significado. La vida del dictador o las circunstancias de un país dividido por una guerra civil llegan hasta nosotros sin titulares, sin sensacionalismos. Hace una exposición de los hechos y que cada cual saque sus propias conclusiones. Su trabajo es contar historias y nos las cuenta.
“En tiempos anteriores a la colonización, en África habían existido más de diez mil países, entre pequeños estados, reinos, uniones étnicas o federaciones. Aún queda mucho de aquella  diversidad, de aquel fulgurante mosaico que se ha vuelto un cuadro creado con terrones, piedrecillas, astillas, chapitas, hojas y conchas. Cuánto más lo contemplamos mejor vemos cómo todos esos elementos diminutos que forman la composición, ante nuestros ojos cambian de lugar, de forma y de color hasta ofrecernos un impresionante espectáculo que nos embriaga con su versatilidad, su riqueza, su resplandeciente colorido”.
Ésta es su visión y nos la traslada en su magnífica obra. África, según Kapucinski “es un océano, un planeta en sí mismo, un universo variado y riquísimo. Si lo llamamos África es sólo para simplificar y por pura comodidad. Aparte de la denominación geográfica, en realidad África no existe”
Ébano es la crónica de los años que este periodista polaco pasó en África como corresponsal. Hay que leerla para adentrarse en la historia del vecino continente. Para saber porqué continúa siendo “el hermano pobre” del resto del mundo
                                                                                                                                    Eloína Calvete García